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¿Cuán tonta me crees?

 Me estoy quedando en casa de Margarita durante su viaje a Lisboa para cuidar de sus gatos y comienza la paranoia. 

Pero, ¿es realmente paranoia? 

Chocan en mí mi baja autoestima y mi complejo de superioridad. Pero, una vez más, ¿realmente es complejo de superioridad? El mundo me ha obligado a replantearme entre dos e infinitas veces mis opiniones, sensaciones, apreciaciones. Hasta el punto de que cuando mi intelecto me dice algo que no es obvio y palpable, me obligo a ver que son producto de mi imaginación o de mi ansiedad. Ya no puedo confiar en mis deducciones, porque tomo como verdaderas afirmaciones que, según yo, lo más seguro es que no lo sean. 

En fin.

Ayer me comí un yogurt, y recordando lo que ya me han dicho en ocasiones anteriores, le di los restos a Erwin. Recordaba todo lo que me dijeron: que en teoría los lácteos no son buenos para los gatos, que solo le daban los restos y que empujara un poco el fondo porque, claro, no llega. El caso es que al ver al hermano, Hange también quiso. Como no soy idiota, recordando la contraindicación de los lácteos, no le di a la gata más que lo que había en la tapa. Sí que había una mijita. Pero vamos, por muy pequeña que sea la gata, esa pequeñísima cantidad no la iba a dañar. 

Bien.

Acto seguido, me escribe Margarita diciendo que no le de yogurt a Hange:

Oye, que se me ha olvidado comentarte, que yo creo que ya te lo comenté la última vez, que a Erwin le gusta, que le dejes lamer lo último del yogurt. A Hange no, todavía tiene el estómago muy chiquitillo para comer eso. Le falta un mesecito o así

Qué casualidad, que justo cuando me estoy comiendo un yogurt y acabo de darle a Hange, me escriba eso. JUSTO. Es que no había soltado el yogurt todavía. 

¿Tengo que creerme que fue pura casualidad? Soy lo suficientemente realista como para saber que de hecho sí puede ser casualidad.  Cosas muchísimo más raras se han visto. Era la hora de comer y pudiera ser que, comiendo o hablando de comida, hubieran pensado en yogurt y eso les hubiera llevado a acordarse de que le diera restos a Erwin y no a Hange. Es posible, es verdad. 

Ahora bien, también sé que Marga tiene esos problemas de control y UNA PUTA CÁMARA EN EL SALÓN. Y me cago en los muertos del que me llame desconfiada porque si alguien me pregunta defenderé hasta donde sea que mi amiga puede respetar mi intimidad. Que sabe que me pondría hecha una furia si me enterara de que me ha estado espiando a través de la cámara y que simplemente está mal, que no debe hacerlo bajo ningún concepto. 

Pero tampoco soy gilipollas. Sé que era la hora de comer, por lo tanto pararían un momento, dejarían de ver los monumentos que fueran y la cámara la tiene en el móvil. ¿Pasaría por su cabeza por un instante que debería refrenarse de abrir la aplicación? Puede que sí, puede que no. Y aunque lo pensara, ganaría su compulsión de mirar a sus gatos. 

Que es blanco y en botella. Me ve por la cámara dándole yogurt a la gata y acto seguido me escribe para que no lo haga. 

Estoy enfadada, como es obvio. Pero no sabría decir qué me cabrea más, que haya estado espiando o que me haya tratado como a una imbécil que no fuera a darse cuenta de que lo estaba haciendo. Cuando pienso en una cosa, la otra me parece peor. Si pienso que es horrible que me haya estado espiando, la falta de confianza, el poco respeto a mi intimidad, recuerdo que en parte ya lo sabía. Que todo este tiempo he sabido que ella iba a hacerlo, que lo estaba haciendo, que no podría resistirse a mirar, que lo malo es que encima me haya escrito como si no me fuera a dar cuenta. Cuando pienso en esto otro, me digo que, bueno, ya está, que ella se piense de mí lo que quiera, que lo cierto es que sé muchas más cosa de ella de las que me cuenta, que cuando quiere callar es cuando más habla y que es una ingenua por creerme tan estúpida. 

Faltas de respeto por todas partes.  

¿Es este el precio de la vida? Durante una semana tengo una casa estupenda, comida rica, facturas pagadas y dos gatetes monísimos. Casi en el centro de la ciudad. Y a cambio solo tengo que aguantar que me observen. Supongo que ya no puedo criticar tanto a los de Gran Hermano. Es plenamente comprensible. Todo el mundo se cambiaría con ellos. ¿Cuál es el precio? ¿Que todo un país te vea? Mira, chico, trabajar todos los días y aguantar lo que hay que aguantar es 100 veces peor que simplemente ser expuesto en televisión. Las cuentas salen. La única pena es que me crean gilipollas por ello. 

A seguir la pantomima, supongo. ¿Me sentiré liberada cuando sea funcionaria de carrea? En el libro de Manolo sobre Ganivet, este parece liberado. Solo hace lo mínimo que debe hacer y listo, a vivir. 

Quizá, algún día, yo.

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